Susana

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Julio Carreras (h)

Susana

II

¿Qué significaba mi abuela para mí? Recién a los dieciocho años lo había comprendido. Y fue una revelación tan potente que modificó no sólo mis actitudes hacia ella, sino también casi mi vida entera. Me ubicó, de una anterior posición donde abundaban los cuestionamientos y una cierta percepción entre vergonzante y despectiva hacia la anciana -cosa que originaba no pocos actos de agresividad apenas 

encubierta-, de aquella frívola negación pasé a la del converso que de pronto "siente caer ante sus ojos el velo" y advierte el panorama de su pasado pecador, con todas las caídas presentándose, cada una cual despiadado aguijón que no le dejará reposar en adelante. Del anterior enfurruñamiento del adolescente que comienza a quitarse el bozo y no quiere que sus amigos lo visiten en casa porque advirtió la "superioridad" de aquellos hogares pequeño-burgueses bien ordenados y limpios, en contraste con el propio que, aunque amplio, presenta el caos más adecuado a los ranchos de adobe que acostumbraron a habitar sus ascendientes no mucho tiempo atrás; del niño que siente incomodidad ante la posible comparación entre la Jita -como llamábamos con mi hermano a nuestra abuela- y esas viejas impecables, depiladas, enjoyadas, perfumadas, y que teñían el acicalado casco de pelo blanco con metálicos tonos azulinos, las cuales había comenzado a conocer desde que me hiciera amigo de algunos también impecables gañanes del centro, debido a mi ingreso en la Escuela Normal. Desde esa posición psicológica pasé, en suave desenvolvimiento caracterológico que duró unos tres años -más o menos entre los quince y los dieciocho- a una actitud devocional mantenida hasta su muerte (aunque ya no viviría mucho tiempo con ella porque, ¡ay!, me fui lejos de casa a los 23 años, y ella murió poco después, cuando yo tenía 26 y estaba en la cárcel, en Córdoba, durante la dictadura militar).
Pero entonces, a los dieciocho años, me encontré ante mi Mamá Viejita interiormente de rodillas, como si fuese la amante sombra de una Virgen, que casi desde que naciera había protegido mi cuerpo de niño neurótico y solo, sin pedirme absolutamente otra cosa más que ser yo mismo, en esa -siempre que se presenta- deslumbrante desposesión del amor. Con frecuencia he creído luego que ese amor me salvó de la locura, durante las numerosas oportunidades en que el egoísmo atroz desarrollado desde mi infortunada infancia me pusiera ante las consecuencias terribles de mi propia maldad.
A los 18 años, entonces, más o menos, mi conducta cambió. De impaciente y distante con ella me volví solícito. Apenas llegaba a casa le preguntaba si quería mi ayuda en alguna labor, si precisaba algún mandado. Y me parecía una hazaña que me ennoblecía, salir con la bolsa más gastada a comprar la carne, las papas, batatas, y todas las demás verduras para que mi abuela cocinara. 
Tal es la cultura machista y zonzamente "hidalga" del pobre tonto que es el santiagueño: se nos educa con la perniciosa noción de que todo trabajo físico es propio de seres subalternos y el hacer las compras de la casa propio de sirvientes. Pobres diablos que obtienen un sueldo trabajando de profesores o maestros se creen demasiado importantes como para lavar los platos y renuncian a una parte de ese magro salario para pagar a una muchacha -por otra parte siempre injustamente remunerada-, aunque ello los obligue a ciertas privaciones que se esfuerzan empeñosamente en disimular. Como esa influencia nos anula en parte para la vida, convirtiéndonos en inútiles menesterosos y acomplejados, sin posesiones ni habilidades pero llenos de fatuidades e impostados aires de grandeza, solemos atravesar frecuentemente por situaciones ridículas cuando nos toca vivir en sociedades más evolucionadas.
Por causa de esta mutilación social, el santiagueño medio suele pasar su existencia afanado por tres sistemas de sentimientos, ordenados sobre los leit-motivs de 1) la adhesión patética a minúsculos méritos verdaderos o imaginarios con la voluntad permanente de amplificarlos en toda ocasión que se presente; 2) una aguda hipersensibilidad para las "ofensas" u omisiones de tales méritos, de un modo tan meticuloso que asombra a un observador distante, cuestiones tan nimias como el lugar donde colocaron su silla durante una reunión, o si alguien lo saludó en la calle o no, hasta convertirlas en resentimientos que llegan a cargar durante toda su vida.
Cuando recuperé, pues, la autoestima y el aprecio por la cultura propia del ámbito al que pertenecía, me esforzaba para que todos mis amigos -y especialmente las muchachas pequeño-burguesas o no que conocía- vinieran a mi casa, y vieran claramente con quién se metían, me entró un afán constante de jugar limpio, enarbolando con altivez mi condición de "chico de barrio" -hasta un punto que sin duda debe de haber resultado chocante, casi exhibicionista.
Bueno. Luego de esta digresión tan larga vuelvo a aquella noche de Navidad, en que acercándome audazmente hasta su mesa, invité a bailar a Susana.


III

Pues así se llamaba. Y era Navidad, dado que habían pasado ya con holgura las doce, más bien creo que era como la una de la mañana. Y Susana era cordobesa. Había venido a visitar a sus tíos, tenía un cuerpo muy hermoso y una mirada profunda, como la voz. De todo eso me enteré en instantes, pues tan audaz como mi acercamiento había sido su inmediata aceptación, dado que no había nadie bailando y debido a ello todos nos miraban. Sin hacerles caso bailábamos unos rock-lentos de Tom Jones, como si voláramos, buen signo de que no habría nada oponiéndose entre nosotros ya, pues cuando un muchacho y una chica bailan con tal fluidez, cuando sus pasos se ensamblan con tanta levedad y se entienden tan naturalmente, señal inconfundible será de que están señalados por el destino para protagonizar grandes acontecimientos en común -si se animan a hacerlo. Con nosotros el destino no se iba a decepcionar.
Entre tema y tema le di mis datos -tenía veinte años, estaba preparándome para la colimba, debido a esto había dejado mis actividades principales por entonces, esto es, tocar la guitarra eléctrica en un conjunto y trabajar como disc jockey en un boliche-. Tras cartón le propuse mostrarle el boliche y otra confitería bastante paqueta que había por allí cerca. Nada corta, aceptó, por lo cual fuimos hasta la mesa para avisar al grupo de nuestras intenciones. Le dijeron que volviese pronto, pues tenían el propósito de ir a terminar la fiesta en algún club.
Salimos a la noche constelada del centro felices, como pueden serlo dos adolescentes bellos y libres, yo con Silvina lejos y dinero en el bolsillo y ella irradiando intensas ganas de vivir, las razones de cuya efervescencia me enteraría algunos meses después. Caminamos pavoneándonos acompasadamente por la 9 de Julio, doblamos por la Independencia -y como allí estaba por entonces La Ideal la invité a subir.
Aquél era un ambiente paquete y agradable por aquel tiempo, aún el lugar no se había convertido en boliche, pero propendía a cierta tenuidad en las luces que lo acercaba a esa nueva inclinación que poco a poco iba ganando terreno aquí. Por aquel entonces yo era un tipo ampliamente popular entre los jóvenes, pero también me conocían los mozos, barmans, y todo el resto del aparato administrativo de la noche santiagueña, debido a lo cual cada cuatro pasos alguien me saludaba y se detenía a cambiar palabras, los mozos me trataban con deferencia y rápidamente me ofrecían algún trago, todas cuestiones que mi reciente amiga no dejaba de notar, y que yo muy satisfecho tampoco dejaba de incluir entre mis logros, dentro del plan de conquista, esbozado casi desde el momento mismo en que la viera. Como se sabe las personas -especialmente las mujeres de clase media- suelen ser muy sensibles a cuestiones relacionadas con el prestigio social. No sé hasta qué punto tal cuestión iba a decidir la balanza a mi favor, cuando, muy pronto, a Susana se le presentara la oportunidad de escoger entre otro muchacho y yo; lo cierto es que nunca quedé tranquilo con mi conciencia por causa de ello. Pues si para conseguir el afecto de una mujer hacemos valer cuestiones como el refinamiento del ámbito donde nos movemos, nuestro poder económico, las relaciones sociales, en fin, el porcentaje de valor intrínseco personal disminuye, proporcionalmente a cuanto exhibamos de externo y cuya influencia apliquemos al asunto. Pero me estoy adelantando un poco. Lleguemos a Vértigo.
El boliche adonde trabajara como disc jockey hasta quince días atrás estaba casi desierto aún. Aquí y allá cuchicheaban pequeños grupos, o parejas aisladas, en la semipenumbra; la música sonaba lenta y sosegada. Llevé a Susana hasta la barra y le presenté a Carlín Olmedo, el dueño. Él fue cortés y le dijo que debía hacerse cargo de la música personalmente porque dudaba de poder encontrar otro disc jockey como yo en Santiago. Nos sirvió un par de wishkyes sin aceptar pago, brindamos por la alegría y la felicidad. Después nos fuimos a bailar un poco, pero en la mitad del segundo tema ella quiso volver, la habían conminado a no demorarse mucho. Entonces tomamos un taxi para llegar más rápido.
Trevi estaba ahora bastante concurrido, pero no como en sus mejores noches. Es que en las fiestas de Fin de Año los bailes más importantes succionaban a la gente. Al acercarnos a la mesa noté la presencia de un muchacho alto, rubio, apenas un poco mayor que yo. Era Tito Mazzaferro, un vecino que había obtenido su título de Técnico Químico en la escuela Industrial hacía un par de años, luego se había ido a trabajar al Sur. En el barrio se lo consideraba un triunfador. Le sobraba plata -según se decía-, por eso ayudaba a sus padres, y había anunciado que pronto se compraría un auto. Todos esos datos pasaron como una cinta por mi pensamiento mientras observaba su atuendo impecable -aunque un poco cursi- notando al mismo tiempo que no le había caído nada bien verme llegar junto a Susana. Durante el lapso en que nosotros hacíamos nuestra veloz recorrida el muchacho se había hecho presente, y se veía que su participación estaba prevista, pues no sólo se había integrado a la mesa, sino que mostraba una evidente actitud de haber estado esperando la llegada de la muchacha. Un poco alarmada por nuestra tardanza, su prima dijo:
-Tito nos ha invitado a Central Córdoba.
"Nos ha invitado", apunté. El tipo exhibía su poder económico. Pero por ese lado tampoco me iba a achicar. Hacían precisamente seis días que había vendido los equipos con que tocaba en el conjunto; luego de saldar las deudas, me habían quedado unos mil quinientos pesos, por ese entonces una enormidad (tres pesos = un dólar). Engominado, Tito lucía un saco a cuadros de color ocre, corbata de arpillera, pantalón marrón de raya impecable, cinto al tono con el saco y zapatos al tono con el cinto, de brillo enceguecedor. Ah, y un ancho bigote pajizo con estilo militar, por entonces de moda. Era buen mozo, muy masculino, debíamos reconocerlo. En él tendría sin duda a un fuerte rival. Sin embargo, no luché. Quería disfrutar de esa velada en paz con el mundo y mis semejantes, por todas partes se respiraba un ambiente de liviano distendimiento, así que cuando Susana me abrió aquella puertita diciéndome "Si vas a Central Córdoba nos veremos allá..." rehusé, contestando: "No, yo iré al Lawn Tenis". Por otra parte Central Córdoba era un baile donde se diluían los bordes de la clase media pobre con la popular, y por ese tiempo yo estaba ya habituado a alternar con otros sectores. Así pues, ellos salieron y yo también, pero con rumbos diferentes.
En el Lawn Tenis -que era el baile de las clases acomodadas de Santiago- no me quedó más remedio que sentarme a tomar unas cervezas con Alberto Igarzábal y el Vasco Egaudet, pues había dado varias infructuosas vueltas sin hallar a ninguna chica bonita que no estuviese acompañada. Alberto -lo mismo que el Petiso Arquette- eran piernas seguros, pues casi ninguna chica les salía a bailar -o ellos no se animaban a sacarlas. Así que con algunos de ellos -que siempre estaban- uno tenía la compañía asegurada. Al rato llegó Sandra, la novia del Vasco Egaudet y nos dejó para irse a sentar con ella junto a la pileta. Justo en ese momento, por entre mis amigos que se alejaban y un mozo gordo que discurría presuroso enarbolando su bandeja repleta, percibí una rubia visión. Descendía por la leve colina de césped que conforma el terraplén de la inmensa pileta, la acompañaba mi amigo Piri Sequeira. Me levanté de un salto para seguirlos. "Ya vengo" dije, y dejé a mi compañero solo. Era una pauta aceptada por entonces, así que no alenté ni sombra de remordimiento.
Me acerqué a la mesa para saludar a mi amigo Piri Sequeira. Estaban sus tíos y varias personas más. La rubia muchacha era aún más linda de lo que alcanzara a imaginar. Cuando Piri me la presentó como su prima la invité a bailar de inmediato.
La muchacha era tucumana. ¿He dicho que tengo buenísima onda con los de otras provincias? A lo largo de esta vida mis mejores amigos resultaron cordobeses, santafesinos, entrerrianos, porteños... ¡casi ninguno santiagueño!... Tal vez ese congelamiento mental en pautas decimonónicas, tantos prejuicios aldeanos, tantos sentimientos de inferioridad larvados en el subconsciente colectivo de los santiagueños, en contraste con la libertad de pensamiento, la frescura en los modales, la chispa imaginativa, pero especialmente esa tendencia espontánea a la acción con que los de las ciudades grandes -con frecuencia hijos de inmigrantes- deslumbraban mi psiquismo, siempre ávido de situaciones originales. Pues bien, esta joven -diecisiete años- de aspecto yanqui, no tenía nada de remilgada. Vestía ropas livianas y claras, bailaba con una soltura extraordinaria. Y podía conversar al mismo tiempo de muchos temas interesantes. Conocía a grupos de rock ignotos para el vulgo, como por ejemplo Ten Years After, Led Zeppelin, The Doors. Fue una situación muy buena, de verdad, y ambos lo lamentamos un poco cuando debimos volver a nuestros sitios porque sonó el tema instrumental, que por entonces se usaba para los intermedios.
Igarzábal estaba aburrido, se quería ir. No hay problema, le dije, y me quedé solo. Habíamos ocupado una mesita algo alejada entre los árboles, a cierta distancia de la pista, pues ya no quedaba espacio en los sitios centrales. Desde allí percibí que el cielo estaba comenzando a presentar, levemente, algunos tonos rojizos... ¡qué rápido estaba transcurriendo esa noche!...
Decidido a no perder tiempo, me dirigí hacia la tucumana, que junto a sus familiares ocupaban una larguísima mesa al lado de la pileta. Otra vez nos pusimos a bailar con fervoroso entusiasmo. En eso estábamos, cuando vi junto a la pista, parado, al primo de Susana, un adolescente un poco lerdo y bonachón. Me miraba.
No le hice caso y seguí mi animada charla con la graciosa tucumana. Era delgada y más alta de lo normal, su cabello clarísimo era vaporoso, con ondas desordenadas, lo cual sentaba muy bien a ese rostro fresco, de labios carnosos, rojos como una guinda. Pero la gente se iba retirando, y no había modo de ignorar al muchacho inmóvil que permanecía como una vaca al costado de la pista, clavándonos fijamente la mirada. Cuando dejé que mis ojos se cruzaran con los suyos me hizo una seña, tímida. No tuve más remedio que disculparme con mi compañera y, aún tomándola del brazo para que no se fuera, acercarme al muchacho.
-¿Qué pasa? -pregunté.
-Está Susana -dijo- me pidió que la acompañara hasta aquí.
Sin pedir más explicaciones para no espantar a la tucumana le dije:
-Está bien... ¿ves aquella mesa? Bueno, es la mía, siéntense allí... pidan lo que quieran, yo invito.
Me sentí fastidiado pero al mismo tiempo halagado. ¿Qué haría? Bueno, ahora estaban en mi mesa. En algún momento tenía que ir. El instinto me indicó de repente que era eso lo correcto, y entre bromas amables me despedí de la simpática tucumana, no sin antes obtener su aprobación para llamarla por teléfono al día siguiente.
Susana y su primo habían sido prudentes: solamente habían pedido una cerveza. Yo tenía tomadas algunas ya, y aparte el clericó original, algo de vino, un par de wishkys, así como una que otra copita especial entremezclada en el incesante desfile de tragos, como cualquier santiagueño que se precie de tal acostumbra para esa noche. Tal vez por ello estaba absolutamente activado, como uno de esos monitos a cuerda, no podía parar de moverme con cualquier rumbo o ritmo. Dejando solo al primo fuimos a sacudirnos a la pista. Me sentía ganador. Por lo cual no dije casi nada, dejándole a ella la iniciativa de todos los diálogos. Me limitaba a bailar con grandes saltos -era la época del pata-pata, Wilson Pickett, Caetano Veloso, Nelson Simonal.
No sé si el amanecer llegó tan rápido como yo lo sentí. Lo cierto es que debimos abandonar el club, pues ya estaba quedando casi desierto. Caminando atravesamos el hermoso parque Aguirre, para ir a tomar un taxi en las paradas que por entonces habían alrededor de la plaza Libertad. Sus parientes vivían a la vuelta de mi casa, un poco más allá; así que luego de pagar el taxi bajé. En el camino había prometido visitar a Susana más tarde -eran como las cinco de la mañana- después de almorzar. Me desvestí dejando la ropa por cualquier lado, y me dormí apenas toqué las sábanas, sin que me molestaran en absoluto los ronquidos de mi abuelo, que dormía en la cama de al lado.

Sigue