Susana

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Julio Carreras (h)

 

Susana




I

En la Noche Buena de 1969 fui a la misa del gallo. Mi lugar en la Catedral era al lado de la estatua de San Sebastián asaeteado, y hacia allí me dirigí. Era un poco más atrás 

de donde habitualmente solía ubicarse el gobernador Jensen, quien era un hombre buenmozo, vestido con elegancia sin exageración. Acostumbraba pararse muy derecho y contestar al cura con tono militar, lo cual me causaba un poco de gracia. El Padre Nuestro, pues, rezado con ese tono parecía más bien un bando del Ejército.
Las tres naves estaban casi llenas de gente vestida de gala; yo llevaba traje azul y corbata del mismo tono con redondas florecillas coloradas. Hacía mucho calor. Como casi todos saben, por esa época en Santiago hace mucho calor, no es fácil de aguantar. Pero todos los varones andábamos de traje, por la tradición. Abajo teníamos las camisas mojadas en sudor. 
El padre consagró la hostia y yo fui a comulgar. Me sentía muy bien esa noche, además con bastante clericó adentro. Mi novia se había ido a Salta con los padres, así que andaba solo. 
Interesante panorama se me abrió esa noche, al salir de la Catedral, pues había importantes bailes de Navidad. Entre los más atractivos estaban Trevi y el Lawn Tenis. Vacilando entre ir a uno u otro lugar me dirigí despacio hacia el primero, que estaba más cerca, apenas a dos cuadras de la Catedral. Casi se tuerce mi destino pues encontré, al cruzar la plaza, un grupo de amigos que subían en dos autos e iban hacia el parque; mas luego de debatirlo un poco decidí quedarme. Mi opinión era que por ser aún temprano, debían estar casi vacíos los clubes allá (había dos: Bancarios y Lawn Tenis). A esa hora la gente solía disiparse un rato dando vueltas y curioseando en los boliches del centro. Entonces me quedé y seguí caminando hacia Trevi. Era una noche hermosa, estrellada, por todas partes se olía a flores, y pólvora de cohetes. 
En la puerta de Trevi se arremolinaban los muchachos, dubitando entre pagar la entrada o esperar. Como tenía vidrieras -aunque un poco veladas por discretas cortinas de tul-, se podía mirar la concurrencia, por entre quienes ocupaban el bar, que precedía a la pista sobre la franja delantera, hacia la vereda. Se desplegaba un amplio patio de mosaico rodeado por sillas y mesas de mimbre con un escenario al fondo. Su techo era corredizo, con un sistema mecánico muy novedoso por entonces, así que esa noche se podían ver las estrellas.
No había mucha gente aún. Aquí o allá alguna pareja o algún grupo. Como músico de la casa yo tenía derecho a entrar sin pagar, así que saludé a Chicho, que estaba en el bar detrás de la caja, pero me cambió la cara. Era de esa clase de tipos que considera una virtud masculina el ser grosero, y además le daba bronca una pequeña pérdida en el negocio, aunque él fuese un vulgar pinche. Igual el muchacho de la puerta, que me conocía perfectamente, no me hizo el menor problema, por el contrario, me saludó con gran cortesía y me dejó entrar.
Apenas arribé a las cercanías de la pista, divisé a una muchacha. Toda de negro, con un vestido que parecía tejido, rostro y piernas muy blancos, melena rojiza ondulada y oscura, las torneadas pantorrillas y el empeine anforado culminando en dos pequeñas sandalias tacoalto de algún oscuro metal. Me acerqué con lentitud para cerciorarme de la primera impresión. Con disimulo llegué hasta cerca del escenario, apenas a unos tres metros de distancia de su mesa; desde allí podría mirarla muy bien. Era más hermosa de lo que imaginara. Bellísima mujer blanca en ropa muy negra, ojos oscuros, esmeraldinos. Fui decididamente hasta su mesa y, aunque todavía no había nadie en la pista, la invité a bailar.

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