La Negra

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Julio Carreras (h)

 

La Negra



I

Agosto de 1973. Yo 23 años. El lugar: un local muy grande en la calle Maipú, provincia de Córdoba. Mucha gente, casi todos jóvenes, las diez de la mañana. Se debate desde temprano pues hay una asamblea del FAS (Frente Antiimperialista por el Socialismo). Casi todos están en el ancho patio, es un día seminublado, yo justo debajo de unas columnas y una   

galería. Desde allí la veo. Es tan hermosa que casi parece imposible. Tiene traza de colegial, con su falda escocesa, zapatos abotinados de gamuza, camisa blanca a cuadritos azules, pelo con trenzas y moños a los costados. Un poco alta -1.68 calculo-, perfectamente proporcionada. Da Vinci podría hacerse una fiesta con ella. El orador habla de un modo durísimo criticando no sé qué desviaciones burguesas de uno de los partidos que integra el Frente. Pero yo solamente la miro a ella. Inútilmente, creo, puesto que a muchacha tan hermosa es absolutamente imposible encontrarla sola. Alguien debe de habérseme anticipado ya; aunque allí está sola, parece. Parece. Su cabello es castaño, perfecto: se nota aún desde la distancia que sus bucles son extraordinariamente naturales, que deben de ser suaves como los pétalos de una rosa. El orador -del PRT- dice que es inadmisible seguir tolerando las absurdas vacilaciones pequeñoburguesas del Partido Obrero Trotskista y solicita a la Mesa Directiva del FAS la expulsión lisa y llana de los trotskistas -entre quienes no hay ningún obrero, son todos universitarios, dice- de persistir en su tesitura "contrarrevolucionaria". Me subleva interiormente tanta dureza dialéctica entre compañeros, tanta soberbia en un supuesto dirigente revolucionario y pienso que ella debe de ser trotskista. Es que los trotskistas tienen un tipo, así como los PRT, los "chinos", los PC, los Montos... cada uno de estos grupos tiene un tipo fisonómico propio. Los trotskistas son todos pequeños burgueses muy refinados, y lindos, en serio, sean hombres o mujeres, todos lindos, pertenecen a esa raza de hijos de inmigrantes, a veces mezcla con criollos, que da especimenes tan perfectos como la que estoy mirando hoy. Absolutamente perfecta, miren, de la cabeza a los pies. Y basta. Porque no me miró, ni siquiera se dio cuenta que yo estaba allí, pese a mi arrobada actitud en ningún momento percibió ni siquiera por un instante mi presencia.
Después de que algo extraordinario sucede uno se acuerda de cosas. Que al parecer no tienen nada que ver. Como que por aquél tiempo yo había terminado de leer Cien años de soledad, y me había impresionado profundamente. Andaba mucho tiempo pensando en los mundos que imaginara con Cien años de soledad y busqué otra experiencia semejante. Entonces empecé a leer El coronel no tiene quien le escriba, de la misma saga. Era un libro chiquito, recuerdo, lo llevaba a todas partes. Aquella mañana en que vi por primera vez al ángel lo tenía entre mis manos, o en uno de los bolsillos de mi campera. Pero no me gustó, desde las primeras páginas sentí que no recrearía en mí las emociones de Cien años de soledad. Lo deseché para siempre, pues. 

Pasó el tiempo y me olvidé. Hasta que la vi aparecer ante mí de una manera tan sorpresiva que casi me voy de nuca. Apareció, nada más, ahí a cuatro metros de distancia y encima avanzando hacia mí. Yo estaba sentado ante el escritorio de entrada en la revista Posición, hablando por teléfono. Había una puerta cancel, con vidrios, como es habitual, y poco más allá una puerta principal que casi todo el tiempo permanecía abierta. Entró un grupo de cuatro o cinco compañeros, todos "pesados" del Partido, y junto a uno de ellos, como de cuarenta años o más, venía ella. "No puede ser su compañera", me acuerdo que pensé "el tipo es un viejo". Pasaron junto a mí saludándome con la mano y yo me quedé tan azorado que en todo el tiempo que duró la reunión, pese a que la hicieron en la ancha sala de Redacción donde también estaba mi mesa de dibujo no me atreví a entrar ni una sola vez. Cuando se fueron yo aún estaba ahí. Me alcanzó esa fugaz aparición para notar que ella estaba cambiada. Su rostro y su cuerpo seguían siendo los de una adolescente, pero ya no vestía como antes. Iba ahora desaliñada, con ropas raídas y una pollera azul muy larga, por lo cual concluí que por fin había terminado incorporándose al PRT. Se cultivaba ese agresivo abandono indumentario en las filas del "partido de cuadros" que también yo integraba. Luego de irse el grupo alguien hizo respetuosos comentarios sobre "Bigote" Desantis, de quien pese a los tabicamientos imprescindibles se conocía que había sido oficial subalterno del ejército, luego hippie, ahora un importante cuadro revolucionario. Alguien hizo un comentario admirativo acerca de la joven compañera que venía con ellos, a quien mencionaron como "la Negra".
En ese tiempo había muchas "Negras". Era un orgullo decirse "Negra" o "Negro", era ser proletario. Hasta las rubias se hacían llamar "Negras", pues representaba una reivindicación de aquellos a quienes la burguesía aplicaba el nombre con desprecio. Aunque también había negras en serio, es decir, morochonas fuertes o refinadas; para el PRT eran como el arquetipo. La Negra de que ahora hablamos no era ni uno ni otro extremo. De tez blanca, su raza pertenecía a ese intermedio exquisito del mediodía europeo, tan agradable a los clásicos renacentistas, y quizá por ello para mí (estudiante de pintura desde la infancia) tan extraordinariamente motivadora.

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