Carmina!

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Julio Carreras (h)

Carmina

La noche del entierro de carnaval debíamos tocar exclusivamente en el Parque de Grandes Espectáculos. Teníamos que hacer cuatro presentaciones, así que empezamos temprano. Había muy poca gente -serían las diez de la noche-, desperdigada entre las mesas que rodeaban la primera de las dos grandes pistas. Se acostumbraba que la orquesta comenzara a tocar temprano para atraer a los que se amontonaban en la puerta sin decidirse. Antes de ello, todos querían asegurarse de que el baile «esté bueno» y como «estar bueno» significaba que hubiera bastantes muchachas dispuestas a bailar, adentro, además de suficientes muchachos con intención de invitarlas, pero todo el mundo pretendía que hubiesen entrado previamente a ellos una buena cantidad de ambos, por el temor a ser los primeros, la gente se amontonaba en la confitería El 

Kacuy (donde con una cerveza o una coca se podía permanecer largo rato), frente a las boleterías, o en los senderos del Parque Aguirre, para observar el ingreso de los demás. Yo no comprendía muy bien esto de empezar a tocar temprano (aunque lo aceptaba con gusto, pues ganábamos tiempo) para que la gente se decidiera; mejor dicho, no comprendí la relación entre estos dos actos, pero, siempre con sorpresa, comprobaba indefectiblemente que bastaba con que se oyeran los primeros sonidos de la orquesta, para que de afuera empezaran a brotar chicas y muchachos, apresurándose por entrar, como si estos sonidos hicieran el papel de precipitador químico en una solución. Los dueños de locales «bailables» tenían bien contemplado este fenómeno, de modo que nos indicaban habitualmente el momento de abrir la actuación.
Habíamos comenzado pues, a tocar. Es entonces que la veo, entrando, con su pelo rubio al aire y su pantalón blanco. De lejos adivino sus ojos siempre húmedos, esa alegría de encontrarme, la sonrisa de Carmina, que se mezcla siempre con un temblor de la boca, pues al parecer en su interior algo emparenta las alegrías con una especie de congoja vibrante, como en quien luego de haber caminado mucho tiempo entre gentes extrañas se encuentra con su madre y advierte recién estando en sus brazos la magnitud de su orfandad anterior y entre las sonrisas, llora; así parecía vivir Carmina sus alegrías, caminando por el delgado borde que separa la dicha de los dolores pasados, comprendidos cabalmente sólo en el momento de superarlos. Cacho Monges, tapando el micrófono con la mano, se da vuelta y me dice: «Ahí viene tu gringa». «No soy ciego», le contesto, haciéndome el superduro y sigo tocando. Carmina deja a sus amigas junto a la mesa y se acerca al escenario; «esta hermosa mujer», me digo, «me ha sido dada a mí»,  asombrado de mi propia suerte; desde un costado, me tironea la botamanga del pantalón, me saluda, contenta como una chiquilla y me pide que le dedique el tema «La juventud», de Los Iracundos. Se queda, después, con los brazos cruzados sobre el borde del escenario, la cabeza apoyada en los brazos, escuchando.
Caminemos apurados,
con las manos en los hombros,
con la fuerza que nos da el amor;
natural es que luchemos
por un mundo mejor,
con la fuerza que nos da
la juventud...

canta Cacho Monges y le guiña un ojo a Carmina. Ella hace fiestas. Me encanta su desprejuicio de muchachita porteña, que actúa con espontaneidad en un medio donde nadie la conoce.
Esa noche bailábamos tan juntos que las demás parejas nos miraban sin disimulo. Ella tenía que doblar el cuello, como una garza, para apoyarlo en mi hombro; eso me favorecía, pues su boca quedaba siempre al alcance de mi aliento, y estábamos casi todo el tiempo unidos; transpirábamos, nuestras humedades se mezclaban; su cabello me caía suave por la espalda, sus senos pequeños, durísimos, bajo su delgada camisa y sobre mi delgada remera, parecían a punto de reventar contra mi pecho; notaba claramente que no llevaba corpiño, los pezones endurecidos como bolitas de rulemanes se acurrucaban palpitando en el hueco de mis pectorales; el tapacierres de su vaquero blanco me hacía doler con su presión en la zona pelviana; apenas nos movíamos cubiertos por la multitud que tapaba la pista, pero nos movíamos lo suficiente como para demostrarnos nuestro amor; en esa ronda agónica, de friegas, abrazos  desmayados y transferencia a los labios de la principal función sexual, estuvimos horas, sin prestar atención al moderado escándalo que concitábamos. Iba a ser nuestra última noche. Carmina viajaría al día siguiente.
Al finalizar el baile nos llevaron en la camioneta del conjunto hasta la casa de Leticia. Nos dejaron, en medio de la soledad del barrio, frente al portón y se fueron todos a dormir. A esa hora ya no había colectivos: el primero pasaría a las cinco. Eran las tres y media. La parada más cercana quedaba sobre la ruta 9, a dos cuadras de allí. «Vamos, te acompaño un rato», me dijo Carmina. Por el camino, se quejaba: «ay, Pepín, no nos vamos a ver más». Yo iba callado (como imaginaba que hubiera hecho Delon en parecida circunstancia); además, había llegado ese momento de la noche, tantas veces vivido en que, luego de acercarme al borde del exceso, suavemente mi cuerpo y mi mente parecen entrar en una honda calma, una dulce armonía conmigo y con lo que sucede, me siento en paz y no preciso ya del artificio de la palabra, me vuelvo pasivo, mi instinto percibe que no hace falta mi participación ya para que los sucesos devengan buenos, la noche se adueña de mí; de algún modo, la mujer que está conmigo nota ésto y se vuelve más activa, es ella quien me envuelve ahora, sus caricias me encubren por completo; como un niño, duermo... Hace frío... Carmina quiere darme tibieza con su cuerpo, pero ambos temblamos... Esto nos parece gracioso y nos reímos a carcajadas. «Somos unos tontos», me dice: «¿por qué no volvemos a casa a buscar pulóveres?». Lo hacemos. Me da un pulóver suyo, un «gordo» que me va bien. Ella se pone un chalequito mangas largas; reanimados volvemos al umbral que habíamos encontrado, como a un nido; de nuevo en sus brazos, duermo... entre somnolencias, siento sus labios suaves que van y vuelven por mi frente; me acaricia el pelo, sus dedos se enredan, ella los desata amorosamente, apartando cada hebra con cuidado; me entrego, me quedo inmóvil, las piernas dobladas entre las de ella, mis manos, juntas entre mis piernas; dormito; me envuelve el rostro como un velo su cabello... comienza a desparramarse un claror sobre el cielo, a verse el borde evanescente de las casas, el gris del pavimento; los árboles, flacos, se manifiestan adormilados, como antiguos amigos; a lo lejos, se ven dos faros...
- ¡No!- me dice Carmina -¡No te vayas todavía!...
Decidimos esperar el ómnibus siguiente. El colectivero, solo, nos observa sin interés; al pasar lentamente a nuestro lado, me lo figuro un marciano en la panza de un monstruo luminoso. Recién en el tercero me voy. Una claridad rosada envuelve el caserío de Huaico Hondo.
- No ganamos nada con prolongarlo unos minutos más- le digo, recordando otra vez a El Samurai. Intento sacarme el pulóver, pero ella me detiene:
- Llevalo como recuerdo... de mí

Me ha pedido que no vaya esa tarde a la estación de tren, a despedirla. «Las despedidas son tristes», acude al lugar común y seguramente lo cree. Pero esa tarde me llama por teléfono para decirme que vaya, que no puede soportar irse sin verme por última vez. Me llevo a mi casa de recuerdo, como suele suceder en estos casos, su rostro bañado en lágrimas, asomando a la ventanilla del tren hasta desaparecer y sus dedos largos agitándose en el aire.

La Plata, noviembre de 1981

* Leticia resultó ser la mucama en casa de Carmina. También su mejor amiga.

Susana