Carmina!

  Relatos

Mujeres
Julio Carreras (h)

Carmina

Era una hermosa tarde del verano, fragante y fresco. Acababa de oscurecer, aunque en el cielo aun quedaban retazos color índigo. Me había bañado y perfumado para la cita, me había puesto la hermosa remera roja, de una tela que recordaba a cierto tipo de papel rugoso y agradable, que hacía unos días le había comprado al guitarrista tucumano de Los Kings y mi «famoso» pantalón blanco. En aquel tiempo me peinaba a la gomina. Mocasines rojos. La calle de tierra estaba desierta cuando llegué y como aún faltaban unos diez minutos para la hora, hice una visita de cortesía a mi tío Lautaro, que tenía su almacén y vivía a media cuadra de la casa de Leticia. Tuve que soportar las chanzas de mi tío Jaime, quien por casualidad estaba allí y se burlaba de la dedicación con que yo cortejaba a la «gringa narigona». En mi familia se bromea siempre sobre los enredos de sus miembros masculinos con las mujeres, así que yo estaba acostumbrado a eso. Cuando golpeé las

manos en casa de Leticia salió su madre a atenderme, pero al parecer todo estaba preparado para que me observara la familia entera; me presentaron a dos hermanas más, una tía y dos hermanitos, que me rodearon mientras esperábamos, en la puerta de un patio que precedía a la casa de adobe blanqueado, pues Carmina -me dijeron- estaba terminando de bañarse. No me presentaron al padre y yo por discreción no pregunté nada (luego supe que no había padre allí). El grupo me rodeó sin decir palabra y estuvimos en esa situación, para mí incómoda, hasta que apareció Carmina. Salió con un pantalón muy ajustado y una remera tenue. Luego de algunas recomendaciones de la madre de Leticia, en el sentido de que vayamos mejor hacia el lado del centro (más nos hubiera valido seguirlas) salimos. Yo quería caminar nomás por los alrededores. Me llevaba a esta postura la especulación con las sombras y la soledad del lugar, que sugería a mi imaginación un sinfín de posibilidades excitantes.
En un barrio tan humilde como aquél una mujer como Carmina debía llamar forzosamente la atención -digo mujer pues Carmina, a los dieciséis años ya lo era-; tan alta, curvilínea y rubia, con esa cabellera suavísima y larga cubriéndola como una lluvia de sol casi hasta la mitad de la espalda, era imposible que pasara desapercibida, en aquel medio. Caminamos largo rato por la orilla del canal, que ahora producía un melódico murmullo con su caudal reciente. Era noche de luna nueva, así que la oscuridad predominaba. Apenas como un resplandor flotaba en el ambiente un lejano reflejo de las luces débiles de las casas. Nos sentamos junto a un puente de troncos; Carmina empezó a tirar piedritas al agua. El momento era delicioso. Ambos callábamos, gozando del olor a hojas que traía la brisa, sin otro impulso que el estar allí, juntos, ella afirmada en mi pecho, yo rozando con mis labios la levedad de su pelo. Casi ni notamos a los tres tipos que se habían acercado, por el camino de la barranca, quienes a nuestra percepción sin pensamientos aparecieron como transeúntes fantasmales, hasta oír una voz aguardentosa que se nos dirigía:
- Hola, mi gringuita...
Uno de ellos se había acercado, mientras sus compañeros -dos sombras- aguardaban vigilantes a pocos pasos. Nos levantamos, sorprendidos.
- ¿Así que vos me quieres joder a mí, porteñita?- continuó el que se había arrimado. El olor a vino de su aliento me llegó a través de la atmósfera liviana. Carmina retrocedió, pero por atrás corría el canal; de un salto el borrachín la tomó con su mano grande de la muñeca.
- ¡Dejala!- grité -¿Quién mierda sos vos?
Mientras decía esto me acerqué con los puños cerrados (pero asustado por el tamaño del otro) al borracho, que había retrocedido, arrastrando a Carmina con él. Vi un pequeño refucilo y con un chasquido apareció la fina hoja de una sevillana en la mano de uno de sus compañeros.
- ¡Vete, Pepín! -pudo articular Carmina, dirigiéndose a mí- ... ¡Por favor, andá a buscar a la policía!...
- Vení, caquita -me invitaba el muchachón, haciéndome señas con su mano libre - ¡Vení a quitármela vos!
- Estás borracho Gabriel... después te vas a arrepentir -le decía Carmina. Y luego, volviéndose hacia mí: -te van a matar, Pepín, andá a buscar la policía... ¡rápido, andá a la comisaría, que está aquí cerca!...
Abochornado, con vergüenza de mi impotencia, me fui lo más rápidamente que pude. Por el camino se me ocurrió pensar que ella lo había llamado por su nombre... ¡Cómo! ¿Lo conocía? Estábamos muy cerca de la casa de Leticia, así que avisé primero allí. La madre -se ve que era muy brava- agarró un rebenque y saltó, acompañada por la tía. «No llame a la policía, joven», me dijo: «Yo me basto para estos trompetas». Me quedé allí, cortado, sin saber qué hacer. Decidí ir a pedirle ayuda a mi tío Lautaro, que era un tipo grandote y forzudo. Le conté el asunto y mi tío decía: «Debe ser el Gabrielucho, que andaba saliendo con ella, antes que vos» y se reía: «¿Qué me voy a meter yo, si es culpa de la chinita, que se ha hecho la pícara con los dos?» Mi tía tampoco quería que Lautaro se complicara: «Es un buen muchacho, el Gabriel» -decía- «ahora andará un poco tomado, pero no le va a ir a pegar Lautaro... después vamos a tener problemas con la cuma Rosita, su madre...». De nuevo salí a la noche, desolado. Sin muchas ganas, empecé a caminar para el lado de la policía. Apenas habré andado unos cincuenta metros cuando me la encuentro a doña Ermenegilda -madre de Leticia- que la traía del brazo a Carmina. A rebencazo limpio los había corrido a los changos; «Ya le voy a contar a tu madre lo que andas haciendo, Gabriel», le había gritado, «borracho y faltándole el respeto a mi huéspeda... ¡qué vergüenza! Y ustedes también... ¡vagos, sotretas, salgan de aquí!» Y ahí nomás empezó a revolear el rebenque. «No pegue, doña Erme, bromita nomás era...» gritaban los changos, atajándose como podían. Finalmente, habían huido. «No es nada -me dijo la vieja-, son muchachos buenos, trabajadores... los conozco a los tres...». Yo estaba tan avergonzado que no podía hablar. Carmina ni me miraba y ahora, pasado el mal momento, noté que estaba temblando. Saludé a todos, un poco torpemente y me fui.
Después de aquel incidente, no quise ver de nuevo a Carmina. Por otra parte, aquella noche al despedirnos no se había dicho nada de un próximo encuentro. Ella no sabía mi domicilio, así que -en el caso hipotético de que deseara hacerlo- si me buscaba, le iba a ser muy difícil hallarme. Como si en vez de haber sido yo quien huyera esa noche todo hubiera sido un complot para ridiculizarme, estaba enojado. Me pasaba cada vez que algún suceso me dejaba (ante mi apreciación personal) como un débil, el no hallar paz por largo tiempo, razón por la cual muchas veces me había lanzado a acciones sin ningún porvenir, con el objeto de convencerme de mi valía, pues en el complejo sistema de balanzas que constituía mi equilibrio interior, causaba menos daño un fracaso que una huída. Cuando me sucedía, odiaba después todo lo que me trajera alguna reminiscencia del maldito suceso. Practicaba en mí mismo el aislamiento de las ideas relacionadas con aquello y tras bloquear psíquicamente la zona perturbadora, como si los hechos no hubieran existido, me dedicaba de nuevo a vivir tranquilo con mi conciencia. Como debía hallar una justificación no relacionada con mis actos, tomé al vuelo la cuestión de que sólo luego del molesto incidente, Carmina me habló de la identidad de aquel borrachín -quien por otra parte era un tipo como de veinte años, un viejo, para mí, en aquella época- que había bailado con ella varias veces, antes de conocernos y que como el lector imaginará a esta altura del relato, había sido el competidor que provocara tantas dudas en ella en un principio. Pasó una semana pues, sin que yo hiciera el menor esfuerzo por verla -en aquel momento creía que todo había acabado-, ni había modo al parecer de que nos halláramos. No ensayamos con el conjunto esa semana, así que tampoco vi a Boy. Sin embargo, supe después que ella me había buscado. Fue a visitar -con Leticia- a mi tío Lautaro, con la esperanza de que yo apareciera por allí. Leticia preguntó por mi dirección, pero no se atrevieron a venir a casa. Una tarde -me enteré después- habían pasado varias veces por frente de donde yo vivía, sin avistarme. Si me encontraban afuera -me lo dijo Carmina- iban a fingir que andaban paseando por allí, por casualidad.

Sigue