Carmina!

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Mujeres
Julio Carreras (h)

Carmina

La noche siguiente nos encontramos, como a las nueve, en la placita San Roque. Yo fui con Pecho -para su amiga Leticia- que era más delgada y alta como ella, sólo que marcadamente morena. Leticia tenía, ahora que lo pienso, cierto parecido con la cantante norteamericana Joan Báez. Estuvimos allí, en un banco umbrío de la plaza largo rato, hablando de tonterías probablemente, pues cuando alguien nos agrada el interés de la conversación no reside en lo que se dice sino en los interlocutores. Pecho hacía la payasada de tratar de embocar el cigarrillo en los labios tirándolo desde la cintura (como en la película de Godard). Cuando regresamos, se había nublado, y por ese fenómeno tan frecuente en esas noches el cielo había adquirido aquel irreal resplandor violáceo que al mismo tiempo me agradaba y me inquietaba. Se nos dio en caminar por dentro del canal San Martín, que estaba sin agua. Como uno va calculando, cuando anda en plan de 

seducción, paralelamente a lo que se dice o se hace, cuáles son las condiciones más propicias para el éxito de su conquista, creo que la idea fue mía, ya que la hondura del canal -sus bordes llegaban hasta más arriba de nuestras cabezas- brindaba una buena protección contra miradas de transeúntes ocasionales. Nos detuvimos exactamente a la altura de la casa de Leticia -donde ambas vivían-. Aquél era uno de los barrios más extensos de la ciudad y también uno de los más humildes -pues aunque en algunos lugares se podían ver casas de dos pisos, bastante grandes y bien arregladas, también uno hallaba familias que habitaban en ranchos pequeñísimos, de lonas, horcones y adobe, sin puertas ni ventanas. Estos eran los dos extremos, ya que la mayoría de los vecinos pertenecían a la llamada «clase trabajadora», denominación que en Santiago engloba tanto al albañil como al dependiente de una tienda o al empleado estatal subalterno-, así que ninguna calle estaba pavimentada y muy pocas tenían faroles. Aquello no era algo que me rechazara por cierto y no sólo porque favoreciera el propósito que en aquel momento llevaba; yo sentía un íntimo placer, que ahora puedo llamar artístico, en vagabundear por esos lugares de la ciudad en donde la tierra se manifestaba con sus accidentes naturales, con sus colores y en donde podían hallarse las plantas regionales y los olores secos del monte como si el demoledor achatamiento de la urbanización, de algún modo, hubiese sido conjurado. Existe en esos caseríos humildes una delicadísima afinidad entre el paisaje natural y las formas creadas por los hombres. Como en un conmovedor coloquio las ondulaciones de la tierra se seguían, por ejemplo, con una verja de troncos rústicos que parecía parida por la tierra misma, pero que nuestros sentidos reconocían como hechas por los dedos humanos; un árbol majestuoso cobijaba, como acariciándolo, el techo de barro y ramas de un rancho. Caminamos, pues, por el canal seco, como si nos abrazara la tierra.
Me pareció que -como suele suceder en algunas muchachas que se inician en la práctica del amor- Carmina debía de haber reflexionado sobre el paso dado la noche anterior aceptando mi beso y estaría sopesando los pro y los contra de esa concesión, que como yo pensé, había sido muy rápida. Lo cierto es que esa noche estaba muy nerviosa; apenas aceptó que la besara dos o tres veces y no permitió a mi mano derecha descender más abajo de las vértebras lumbares, por su linda espalda, ni a la izquierda, ascender por su cintura más allá de las primeras costillas. Me dejó, lo reconozco, decepcionado. Unos días después me enteré de que un poco antes que a mí Carmina había conocido a un muchacho del barrio y le había hecho parecidas concesiones. Su vacilación oscilaba, entonces, solamente sobre la duda de con cuál de los dos quedarse finalmente.
Aquella noche no había sido feliz para Pecho. En su caso, Leticia debía determinar con su aceptación el futuro de esta pareja, que nosotros queríamos armar desde afuera. Leticia, al parecer, gustó muy poco de Pecho. «Es una negra boluda», me dijo Pecho al volver esa noche; palabras que me bastaron para comprender que la muchacha lo había rechazado. A menudo me he sorprendido de mi incapacidad para prever hacia quién puede volcarse el gusto femenino. Como en el gusto interviene tal multitud de elementos psíquicos particulares, variaciones sutiles de la conciencia y de lo inconsciente, además del procesamiento personal de las pautas sociales, sabido es que en cuanto a lo referido a las personas que nos agradan, terminamos enamorándonos siempre de nosotros mismos, pues nos enamoramos de aquellas que permiten, por su coincidencia con nuestros más deleitables factores íntimos, la proyección -aun en grado parcial, a veces- de dichos factores en ellas, proyección que, en la continuidad del proceso sentimental de mutua aceptación, se va haciendo cada vez más profundo, razón por la cual terminan los amantes, en una relación fructífera -como la de algunos matrimonios de varios años- pareciéndose asombrosamente el uno al otro. En aquellos tiempos yo ignoraba estas cuestiones, por lo que muy frecuentemente fracasaba en la elección de pareja para las amigas de las muchachas que salían conmigo. Pecho era rubio, alto ,con un físico de gimnasta y «de buena familia», razones que según el criterio en boga tenían forzosamente que seducir a Leticia, quien era una muchacha de origen bastante humilde. No se me hubiera ocurrido jamás por iniciativa propia llevarlo, por ejemplo a Boy, que era la antítesis de lo que entonces se consideraba el tipo interesante. Sin embargo, fue Boy finalmente quien triunfó en esta lidia.
De un modo casual, al día siguiente Boy se coló en esta historia. Acabábamos de ensayar, en La Banda, cuando como generalmente sucedía luego de los ensayos felices, llegó el momento de cruzarnos chistes y cargadas mientras desarmábamos los equipos. Estábamos de excelente humor. Fue entonces que Boy me dijo: «gato, sos un flor de hijo de puta, te levantas las mejores minas y no sos capaz de compartir la otra gamba con un compañero del conjunto, siquiera» (esto era una broma con fondo serio, pues ellos sabían que Carmina salía siempre con su amiga y también del rebote de Pecho y ahora Boy -que se iba de boca cuando se trataba de mujeres- se estaba postulando en primer término para ocupar la vacante). Antes de salir insistió sobre el mismo tema. Yo pensé más en su motocicleta cuando le dije que viniera conmigo esa tarde. Después quise convencerme de que Leticia había actuado por lo mismo, pero ahora me doy cuenta de mi equivocación. Para mi sorpresa, pues lo consideraba bastante pavo, Boy fue la estrella de la jornada. Llevó a Leticia a pasear en su hermosa motocicleta colorada y la morena volvió encantada con el muchacho. No había manera de convencerlo para que me prestara la moto (el negro era muy mezquino y tenía presente además la tarde en que en un descuido se la había robado para irme hasta Clodomira, de donde volví a las tres horas, con el motor recalentado y el tanque vacío); el maldito estaba tan ensorbebecido por su triunfo inicial, que pretendía paseármela también a Carmina, quien estaba impaciente por subir. Fue preciso llevarlo aparte y amenazarlo con decir a Leticia que él era marcha atrás; solamente así me dejó salir al fin, no sin antes darme mil recomendaciones, a pasear en su motocicleta, llevando a Carmina atrás, aferrada a mi cintura. Había un sol increíble. Hasta las seis anduvimos como a ciento cuarenta, con Carmina, por la costanera. En ese lapso conquistó a Leticia.
A partir de allí, cada uno hizo sus propias citas y Leticia, en quien su interés por Boy superaba la misión que al parecer se había impuesto de cuidar la virginidad de su amiga -misión que sólo un año después, al saber quién era Leticia*, iría yo a comprender- nos dejaba salir solos (cosa posible también gracias a que Carmina se había decidido por mí en su debate interior. Claro que todavía no sabía nada yo de tal debate. Lo supe abruptamente a causa del incidente que narraré a continuación).

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