Carmina!

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Julio Carreras (h)

Carmina!

A  María del Carmen Petraglia la conocí una noche de carnaval del año 1966. Habíamos tocado en varios lugares esa noche y yo andaba bastante cansado. Ya pulsaba mi guitarra eléctrica automáticamente, prestando más atención a lo que sucedía en la pista de baile que a lo que estábamos haciendo. Nos tocó subir al escenario del Club Huaico Hondo y por enésima vez repetir el ciclo: «temas furiosos-decrecer-uno o dos lentos en el medio-rocanrrol al final»; y en eso estaba, mientras me distraía paseando la mirada por sobre los que bailaban. Desde el escenario la vi. Ella bailaba suelto; su cabellera larga y rubia se destacaba en la multitud. Noté que sobrepasaba en estatura a su acompañante. 

Como aún nos faltaba una actuación más, no pude sacarla a bailar.
Después de tocar en otro club cuyo nombre no recuerdo, regresé, solo, al Huaico Hondo BBC, para ver si la encontraba. La hallé y la invité a bailar. Pero no habíamos bailado tres temas aún, cuando el baile se terminó. Salimos con la multitud a la calle, además de ella y yo, su amiga y el hermano. Amanecía ya. Por cierto, al despedirnos, le di un beso (muy casto). De tal modo comenzó una de esas relaciones que elegiría sin vacilar si tuviese que ejemplificar lo que me sugiere la palabra «adolescencia».
Yo tenía quince años, Carmina dieciséis. Mi tío Lautaro la llamaba «Vikinga» y tío Jaime, que debía ver naturalmente el lado cómico de las cosas, dijo que tenía la nariz como una zanahoria. Me llevaba como una cabeza de altura (pero tuvo el buen tino de no usar taco alto ninguna de las veces que salió conmigo, en esa primera etapa). Sólo llegaba a nivelarme con ella cuando calzaba sandalias o zapatillas. Fue ese primer obstáculo el que casi me aparta de Carmina. Como buen machista, me daba vergüenza que una mujer pudiera ser más alta que yo. Me acuerdo la desazón que sentí al invitarla a bailar y empezó a «desenrollarse». Esa noche andaba de taco alto y casi me doy vuelta y la dejo sola en la pista cuando me acerqué para tomarla de la cintura y comprobé lo grandota que era. Pero ya mis sentimientos se habían puesto en aquella actividad interior que se suscita cuando el instinto avisa de la posibilidad de una aventura exitosa (con una pieza, además, muy codiciable).

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