Julio Carreras

Julio Carreras (h)

AUTOBIOGRAFÍA

Proveniente de una familia de clase media argentina, de ascendencia hispano-lusitana, aunque mis antepasados vinieron hace siglos a esta región, las amplias oscilaciones de suerte fueron una constante en mi presente encarnación. Con frecuencia estuve deslizándome por periodos en los cuales debía extremar la imaginación para obtener los recursos básicos, en un medio difícil como lo es este, con una economía tramposa dentro de un sistema corrupto. Otras veces -no tan numerosas pero sí   

las  suficientes como para sentirme compensado con munificente generosidad- atravesé períodos prósperos, en los que nada que nos interesase del mundo objetivo se ponía demasiado lejos de nuestro alcance.
Estudié piano y teoría musical -por imposición de mi madre- desde los cuatro a los trece años. A los 11 ingresé en la Academia de Bellas Artes, cuyas clases nocturnas debía hacer paralelamente a mis estudios secundarios en la Escuela Normal, a la que concurría toda la mañana hasta el mediodía. 
En lo que se refiere a accidentes, los 52 años que sugiere la medición convencional de mi vida estuvieron constelados de  ellos. Aventuras, descubrimientos, descensos al averno y transportaciones al paraíso, se presentaron con mayor frecuencia de la que suelen hacerlo en las existencias normales. La muerte de una niña de 19 años a quien amaba -o mejor dicho: a quien no supe amar- a mis 23 años, y la cárcel -7 años- cuando llegué a los 26, ya casado, con una hija de meses, fueron los sucesos más destacables en este desfile abigarrado.

Santiago del Estero

Respecto a la región donde vivo, haré una breve descripción.
Santiago del Estero es una de las provincias más pobres de la Argentina. Muy extensa, nuestro territorio provincial tiene aproximadamente el tamaño de Francia entera o Alemania. Pero desde la conquista por los españoles hace casi 500 años, todas sus riquezas naturales han sido saqueadas, sus aborígenes exterminados por la espada, la explotación o el marginamiento de todos los recursos económicos.
Esta provincia está ubicada en el Nor Oeste de la Argentina, y forma parte de una región de parecidas características, junto a Tucumán, Catamarca, Salta, Jujuy, con una cultura en muchos aspectos semejantes a la de Paraguay, Bolivia y Perú. El tipo racial predominante es el hispano-árabe -en esto nos diferenciamos de los países limítrofes, con mayoría indígena-, pero también hay bastantes personas con rasgos indígenas (en realidad híbridos, pues todos se han mezclado con españoles), así como un 5 % aproximadamente de tipos nordeuropeo y un 15 % más de italianos. La composición es aproximadamente así:

Hispano-árabes: 45 %
Aborígenes (híbridos): 30 %
Italianos: 15 %
Nordeuropeos: 5 %
Otras razas: 5 %

En esta región hay muchas posibilidades de desarrollo para las actividades agrícolas. Extensiones de tierra sin labrar, bosques, ríos, la naturaleza es muy bella. Pero no hay dinero suficiente, ni planes racionales y coherentes, ni gente común con entusiasmo para llevarlas adelante, por ahora.
Los Menonitas, y otra comunidad Espiritista que han emprendido dos comunidades bastante grandes aquí, han demostrado a lo largo de los años que se puede vivir muy bien del trabajo ordenado, en paz y en comunidad.

Primeras búsquedas

Desde muy niño buscaba a Dios de una manera incesante. Junto a mi hermano quedamos sólo con mi padre, al separarse de él mi madre, cuando yo contaba cinco años y mi hermano Gustavo 3. Pronto se sumó nuestra abuela, y unos diez años después fuimos a vivir todos también con mi abuelo, quien había quedado solo en una gran casa, debido a la necesidad de que nuestra abuela se ocupara de nosotros.
Pese a una dinámica fluidez natural para absorber los conocimientos, comencé a tener problemas en el colegio secundario. Un conflicto por amonestaciones motivó que huyera de mi casa, y fuese a vivir con mi madre casi un año, cuando cumplí los trece. Este período en Buenos Aires cambió extraordinariamente mi aspecto exterior y mi conducta social. Agobiado por la presión de aquella cultura extraña y una serie de turbulencias interiores que me angustiaban, tomé muchas pastillas somníferas una tarde, no con el ánimo de suicidarme, sino para provocar un hecho violento que disparara la crisis hacia algún lado. El resultado de esta acción fue que mi madre avisara a mi padre de mi destino, y este fuera a buscarme. Puesto a elegir, luego de muchas vacilaciones, en los últimos minutos opté por regresar a Santiago. Pero mi personalidad se había convertido en la de un adolescente afecto a la ropa fina, los prejuicios mundanos de la gran ciudad, con la mente saturada de conceptos frívolos. 
Mi padre era agnóstico por aquellos tiempos, pero nosotros -mi hermano Gustavo y yo, especialmente él- frecuentábamos la Iglesia Católica, que en nuestro país es mayoritaria y tradicional. * Sin embargo, llevado por esta insatisfacción, a los 15 años me integré con la Iglesia Mormona. Esta relación -muy intensa mientras duró- se prolongó apenas hasta el año 1966 (un año después) en que regresé a la tibieza y comodidad del catolicismo.

Juventud

Ingresé a la Acción Católica, y me mantuve allí hasta los veinte años. Sin embargo, aquello tuvo algo de táctica para integrarme a los sectores privilegiados de la pequeña burguesía santiagueña -donde solían encontrarse además las más bonitas chicas- además de su natural inclinación religiosa.
El periodo que fue desde mi regreso de Buenos Aires -14 años- hasta los veinte, estuvo marcado principalmente por mi abandono de los estudios secundarios, mi actividad intensa como guitarrista en conjuntos de rock, y una vida totalmente vertida en el ocio, las diversiones, ocasionales trabajos, enamoramientos, y una adhesión absoluta a la actividad musical. Hasta los 19 años no leía absolutamente nada, salvo alguna que otra revista de rock, y eso con carácter excepcional. Tuve un amigo que me enviaba estas revistas de España, pero ni aún esas las leía completas. 
Durante el servicio militar profundicé súbitamente lecturas políticas -la familia de mi padre militaba en el Peronismo, un partido con ciertas semejanzas al nacional-socialismo alemán-; dichas lecturas, cada vez más intensas y numerosas, me fueron llevando al socialismo marxista. A los veinte años, casi por accidente, comencé a escribir para el diario El Liberal críticas de rock. Como me pagaban por este trabajo, lo incorporé dentro de mis posibilidades laborales para el futuro. Sin embargo, quise ser un "hombre formal", y con ayuda de mi padre inicié un negocio bastante grande, de venta de discos, libros, afiches y otros rubros relacionados. Duró un año. Una fatalidad de mi condición me llevaba constantemente a gastar más de lo que ganaba. 
Desde que salí del Ejército había estado vagamente dispuesto a integrarme a un grupo guerrillero marxista, suponiendo de ese modo defender las que yo consideraba como "ideas cristianas". El Ché Guevara fue un símbolo que -al igual que a otros muchos jóvenes de entonces- me animó profundamente a luchar. Pero principalmente Camilo Torres. 
En 1971 me había enamorado de una hermosa niña de la clase alta local, Clara B. Ledesma Medina, quien igualmente se enamoró de mí, y me siguió en todas mis tortuosas transformaciones exteriores e interiores de ese período. Con ella impulsamos la creación de un movimiento de músicos, llamado SER, que tenía como símbolo a Jimi Hendrix y llegó a tener muchos conjuntos adheridos. Hicimos el primer recital de rock en Santiago del Estero, con gran éxito. En 1972 ambos nos integramos al PRT. 
Atravesados por dolores y conflictos interiores, nuestro noviazgo se fue desmoronando. Tuvo un papel importantísimo en ello la oposición feroz ejercida sobre nosotros por mi padre -que despreciaba desde un punto de vista intelectual a los Ledesma Medina- y de los suyos -que despreciaban desde una óptica social a nuestra familia, pero particularmente sentían un repudio visceral por mi condición profesional y económica poco definida. En enero de 1973 Clara murió, por causa de un aborto que habíamos emprendido bajo presión de sus padres y el mío, y financiado por ellos. Sin embargo, luego de esto sentí que yo era el verdadero culpable, pues no había tenido la valentía suficiente como para aceptar el desafío de casarme e ir a vivir con la mujer que dije amar, aunque ello nos pusiera en contra de nuestras familias y no tuviéramos ningún recurso económico.
Jamás pude quitarme completamente el inmenso dolor que me provocaron aquellas muertes -las de Clara y nuestra progenie. Quise suicidarme de verdad por primera vez. Luego de un periodo de dudas, decidí que como cristiano me estaba vedado hacerlo, pero debería quedar en el mundo para purgar mi extraordinaria falta.

Militancia revolucionaria

Una compañera del PRT -de apellido Marozzi-, fue la única persona que me apoyó en aquellos momentos oscuros. Mi rostro había cambiado extraordinariamente, en cuestión de días se había puesto sumido y me habían aparecido algunas arrugas. Sin embargo la voluntad de seguir hacia mi destino fue llevándome a volver a integrarme a la actividad militante que comenzáramos con Clara hacia mediados de 1972. 
Como tenía habilidad y conocimientos periodísticos, el Partido Revolucionario de los Trabajadores me integró al equipo de redacción de un diario y una revista, ambos de circulación masiva, y debí trasladarme para ello a una gran ciudad (Córdoba). Allí trabajé hasta que la persecución hacia la izquierda por parte de los grupos policiales, militares y paramilitares se volvió insostenible. Allanaron dos veces nuestra revista, y terminaron clausurando el diario El Mundo, donde también trabajaba. 
Durante ese período había conocido a Gloria Gallegos, una cordobesa, compañera del Partido, con quien rápidamente me casé por civil y por iglesia (católica). Esto sucedió en noviembre de 1974. 
Al mes de haberme casado, salió en la primera plana de todos los diarios de la Argentina una lista de 30 guerrilleros a quienes acusaban de haber participado del copamiento del cuartel de Villa María. Allí figuraba mi nombre, así que debí comenzar a esconderme y huir. Debido a ello, fuimos a vivir a San Francisco, una ciudad industrial de Córdoba en el límite con Santa Fe. 
Como no podía exhibir mi nombre, y mi esposa estaba embarazada y debía continuar sus estudios de medicina en la capital de Córdoba, comencé a trabajar como albañil para solventar los gastos. Lo hice hasta mediados de 1975, cuando conseguí por concurso un puesto administrativo como Encargado de Personal en una fábrica metalúrgica.
El partido me había ascendido por entonces a Responsable político y militar de la Zona (que abarcaba San Francisco, Brinkmann, Porteña, La Francia, Arroyito, etcétera, una ancha franja del límite entre Córdoba y Santa Fe).
El 19 de agosto de 1975, el día de mi cumpleaños Nº 26, mientras tanto, había nacido mi primera hija, a la cual nombramos Anahí. **
Debido a algunos compañeros que detuvieron y dijeron lo que sabían, el 12 de enero de 1976 me capturaron y encerraron y a mi esposa también. Salvamos la vida únicamente porque hacía poco habían matado a varios hijos de personajes influyentes en la tortura, y el gobierno -aún civil- tenía todavía ciertos escrúpulos "democráticos". Pero en marzo de ese año los militares tomaron el poder, y cerraron todas las cárceles, aplicándonos a los presos políticos un régimen de exterminio. De allí saldrían muchos de los que sobrevivieran o locos, o mortalmente enfermos, o extremadamente avejentados. 
Luego de una primera etapa infernal -1976-77- semejante a la de los campos de concentración nazis, la presión internacional fue obligando a los militares poco a poco a devolvernos algunos derechos, como leer o recibir visitas. Fue cuando leí La Biblia de punta a punta, y pude meditar mucho sobre ello. También escribí muchas poesías, cuentos, y gran parte de dos novelas.

Madurez

A la salida de la cárcel fui milagrosamente contratado por la iglesia católica para pintar 31 grandes murales en un santuario al aire libre que construyeron en un lugar de intensa devoción popular, Mailín. Gracias a ello pude comprar mi primera casita, ya que había salido de la cárcel sin nada más que la ropa puesta, y ahora estaba de nuevo con mi esposa y mi hija Anahí, la cual tenía ya casi 8 años. Tenía que solicitar permiso para viajar a Mailín, pues debí permanecer un año más bajo "libertad vigilada", régimen que impedía a las personas moverse más allá de 40 kilómetros a la redonda sin comunicar al ejército y a la policía.
Durante un tiempo nuestra situación se estabilizó relativamente; con el regreso de la democracia, enseguida me designaron asesor de cultura de la municipalidad, posteriormente de la Provincia y luego director de un pequeño museo de bellas artes en la ciudad de La Banda. El 18 de enero de 1984 nuestras vidas se iluminaron extraordinariamente con el nacimiento de una nueva hija: Rocío. Un año después, en febrero de 1985, otra alegría inmensa nos favoreció, al llegar la tercera hija, Guadalupe. 
Más tarde, y debido a una nueva crisis económica -la vida en Argentina es difícil en este sentido, particularmente para quien como yo trabaja en tareas artísticas-, decidí irme a EEUU. Vendí nuestra casa para ello, pero antes de que me fuera, conocí a un ex-sacerdote alemán que me invitó a formar parte de una comunidad cristiana que estaba tratando de desarrollar en el campo.
Puse lo que tenía entonces al servicio de esta causa, fuimos con la familia a vivir en el campo, construí allá una nueva casa y empecé a dedicarme a la apicultura. Fue un período feliz para mí, aunque no así para mi esposa Gloria, con quien se ahondaban cada vez más las diferencias. En un medio agreste, de mucho trabajo, convivíamos esparcidos en varias viviendas exóticas, con formas redondeadas pero muy confortables, con numerosas personas, en especial varios alemanes jóvenes, quienes venían a trabajar en la Fundación durante un periodo, a veces de un año o dos, a veces para quedarse. 
Allí en 1987, nació nuestra cuarta hija, Alejandra, que nos proveyó de mucha felicidad y nuevas ganas de seguir adelante, ya que habíamos entrado por entonces en una aguda crisis matrimonial.
Pero luego de cinco años debimos abandonar Fernández, pues habían surgido muchas diferencias. La comunidad y su extensa red de emprendimientos, en la Argentina y Alemania, no coincidía según mi entender con los postulados cristianos. Más bien se parecía a una estructura comercial: organizada eficazmente para recaudar donaciones, con el propósito de "sustentar proyectos de ayuda y educación a los pobres", la mayoría del dinero terminaba siendo manejado con excesiva libertad por quienes la dirigían -un grupo de alemanes. 

Regreso a la ciudad

Desde septiembre de 1989, en que volví a la ciudad, trabajé individualmente en lo que pude, y como pude, tratando de solventar los gastos de la familia -por entonces esposa y tres hijas, pues Anahí, criada con su abuela, había optado por quedarse en San Francisco en 1985, al iniciar nuestra aventura en el campo. Tomados desprevenidos por la perversa devaluación de la moneda impulsada sorpresivamente por Menem, perdimos prácticamente todo lo que habíamos obtenido de la venta de nuestra casa y campo a la Fundación.
Volví a dar clases de dibujo, vendimos pan, vendimos casi todo lo que teníamos de "superfluo", hasta que conseguí trabajo en la librería Dimensión, cuya dueña -una amiga, la esposa del desaparecido intelectual revolucionario Francisco René Santucho- me otorgaba un pequeño sueldo. Mi esposa trabajó en un sanatorio sólo tres meses, pues convinimos en que alguno de los dos debía estar siempre con las chiquitas, para cuidarlas y darles amor.
Habíamos venido del campo con una agudísima crisis matrimonial, pero por suerte hacia fines del noventa la fuimos atenuando. Esta insatisfacción mutua se arrastraba casi desde el mismo momento en que saliéramos de la cárcel, pero se había precipitado intensamente durante el período del campo. Nuevamente decidimos no separarnos, debido a nuestras niñas, a las cuales nos habíamos propuesto criar y amar con toda nuestra alma, por lo menos hasta que pudiesen valerse solas. 
Esto provocaba en mí sin embargo punzantes dolores, que llegaron en 1992 a estigmatizarme levemente (me salieron pequeñas llagas durante la Semana Santa, en una mano y un pie, en el lugar donde se supone estaban los clavos de Cristo). Seguramente mi esposa padeció igual o más que yo esta situación. Debo decir, sin embargo, que ambos nos consideramos mutuamente como personas íntegras, compañeros absolutamente leales en las malas y las buenas, por lo cual no tenemos para hacernos acusaciones demasiado importantes. Se trata sólo de una cuestión de incompatibilidad caracterológica. 
En 1992 reingresé en la planta permanente de El Liberal como director de la Sección Cultural. En 1994 renuncié para instalar mi propia imprenta; esto fue posible gracias a un juicio ganado al Estado Argentino, por Privación Ilegítima de la Libertad (los 7 años de cárcel ), por el cual tanto mi esposa como yo recibimos una indemnización de U$S 250.000 dólares aproximadamente. Posteriormente fracasé en manejarla comercialmente, en un medio de competencia feroz, irregular y desleal, y se la transferí a mis propios empleados en 1997.
Durante los años 1997-1998 me desempeñé nuevamente en El Liberal, donde fui designado a fines de 1997 Jefe de Editoriales. Ejercía estos trabajos por necesidad, debido a que había quedado con grandes deudas, por las cuales finalmente me embargaron y remataron vilmente algunas de las máquinas de la imprenta. 
Edité durante estos años varias revistas culturales, como Quipu de Cultura, y de interés público, como La Razón del Consumidor. Fui Director periodístico de la revista Voces, del Círculo de la Prensa de Santiago del Estero. Durante el 2000, el 2001 y parte del 2002 edité el diario digital Pantalla de Noticias. Fundé y dirigí hasta el 2002 la Asociación de Periodistas de Internet (API). Actualmente ejerzo la Secretaría de Cultura del Círculo de la Prensa de Santiago del Estero, y la coordinación legal de SOLIDARIDAD, una asociación de defensa de los consumidores, los usuarios y los trabajadores. 

El camino espiritual

En la cárcel había tenido tres experiencias metafísicas que me impulsaron a buscar explicaciones y profundizar mi disciplina espiritual. En 1990 había conocido a las doctrinas del Conde de Saint Germain que me habían impresionado, luego a Inner Light, y más tarde a los Rosacruces. No me integré a ninguna de ellas hasta 1992, en que opté por la Fraternidad Rosacruz de Max Heindel.
Estuve relacionado íntimamente con esta comunidad desde entonces hasta 1998, año en que la abandoné, pacífica y amigablemente, por no satisfacer mis necesidades más íntimas. Mantengo una leve y cordial relación debido a ello con varias personas pertenecientes a órdenes diversas, que se han federado en una que llaman Frater Lucis, de la cual me han otorgado la memebrecía honorífica.
Desde 1989 comencé a perseguir el ideal del vegetarianismo, lo cual concreté paulatinamente, hasta que en 1994 comencé a ser completamente vegetariano, excepto la leche y los huevos, que sigo consumiendo. También dejé de tomar alcohol y de fumar. Mantengo aún estos hábitos, con la única excepción de haber recuperado -en 1999- la costumbre de tomar un vaso de vino con las comidas.
En 1998 intenté formar -aunque sin demasiada continuidad, más como un esfuerzo interior y personal- una iglesia, a la cual llamé primero Templo Universal y luego Templo de Amor Universal (TAU). Hice un sitio en internet con ella, pero casi nadie lo vio, salvo una española esoterista que me escribió y también una argentina de Mendoza. En realidad lo que me interesaba era mantener una piedrecita, como testimonio de que continuaba la búsqueda. Ahora, tengo la impresión de que estoy llegando a Destino, al encontrarlos a Ustedes.
Bien. Esta es mi condición actual.


Autonomía, Santiago del Estero, 13 de junio de 2002


* Mi hermano luego hizo su camino y terminó siendo sacerdote católico.

** Anahí. Nombre de una princesa indígena, de la etnia de los Guaraní, belicosos guerreros de tez blanca, quienes resistieron extraordinariamente a los conquistadores españoles y les propinaron numerosísimas derrotas. Sobre esta princesa existe la leyenda de que, capturada por los invasores europeos, fue condenada a morir en la hoguera por un tribunal de la Inquisición. Cuando la estaban quemando, fue convirtiéndose poco a poco en un árbol con muy bellas flores rojas, con forma de pájaros. Es el ceibo, el cual dotó a nuestro país de la Flor Nacional Argentina.